Ante los recientes episodios de violencia escolar ocurridos en establecimientos educacionales durante 2026, docentes de la Universidad de Concepción afirman que los hechos no pueden comprenderse únicamente desde su carácter excepcional.
Las escuelas y comunidades escolares se han visto involucradas en casos de alta connotación pública, entre los que se encuentran amenazas difundidas por redes sociales, agresiones y el asesinato de una inspectora general en Calama.
El académico de la Facultad de Educación de la Universidad de Concepción, Dr. Óscar Nail Kröyer, indicó que uno de los principales errores históricos en la materia ha sido abordar estos episodios como sucesos aislados.
«La violencia escolar no es un fenómeno que apareció esta semana, viene apareciendo hace mucho tiempo. Ha faltado un sistema de apoyo al sistema escolar de la educación pública. Me refiero a capacitación a docentes, entrega de elementos en gestión directiva», señaló el docente del Departamento de Ciencias de la Educación.
Según datos de la Superintendencia de Educación, en 2025 se registraron más de 22 mil denuncias de violencia escolar a nivel nacional, de las cuales el 75,3% correspondieron a materias de convivencia escolar. Es la cifra más alta de los últimos cuatro años.
El Dr. Óscar Nail, entre 2023 y 2025, ejerció como investigador responsable del Programa “A convivir se aprende”, iniciativa del Ministerio de Educación en apoyo a comunas específicas de la región del Biobío con altos niveles de complejidad en convivencia escolar. El experto señaló que los establecimientos en el país cuentan con una buena administración y con elementos de apoyo institucional que no existen en otros países de América Latina.
Sin embargo, afirmó que la violencia percibida no solo refleja transformaciones en las dinámicas al interior de las escuelas, sino también es influida por el rol de los medios de comunicación y las redes sociales.
«La cotidianidad se ve inmersa en una estructura de difusión de la violencia, y eso también hace que veamos la violencia como algo permanente en todas las escuelas», sostuvo.
Factores socioemocionales de la violencia escolar
La psicóloga y académica de la Facultad de Ciencias Sociales, Dra. Yaranay López Angulo, planteó que las conductas violentas deben entenderse como una interacción compleja entre distintos factores, entre ellos los de carácter individual.
«Entre los más relevantes están la baja autorregulación emocional (dificultad para manejar impulsos), déficits en empatía y problemas en la resolución de conflictos. A esto se suma la frustración acumulada, experiencias de exclusión o rechazo de grupos o espacios, y la percepción de injusticia dentro del entorno escolar», detalló la docente del Departamento de Psicología.
Pero también, dijo, se deben atender los factores del tipo contextual y entender el entramado de relaciones e interacciones que rodean al estudiante:
«En el plano socioemocional pueden influir climas escolares desfavorables, relaciones distantes con adultos significativos y la estigmatización. Cuando un estudiante se siente constantemente etiquetado, poco valorado o no validado, aumenta la probabilidad de respuestas oposicionistas o agresivas», añadió la académica.
Señales de alerta
La Dra. Yaranay López, experta en Psicología Educativa, sostuvo que las señales de alerta suelen manifestarse de manera progresiva, pudiendo observarse tanto en el ámbito emocional como relacional y académico.
En el plano emocional, sostuvo que destacan indicadores de desregulación «como aumento de la impulsividad, dificultad para manejar la ira y cambios bruscos en el estado de ánimo».
«En el plano relacional», agregó, «puede observarse aislamiento social, conflictos reiterados con pares y conductas desafiantes persistentes hacia figuras de autoridad». Mientras, en el aspecto académico «es frecuente la disminución en el rendimiento o en la participación escolar. También pueden aparecer discursos o conductas que legitiman o trivializan la violencia».
La psicóloga hizo hincapié en lo fundamental de que el estudiante sienta que pertenece a la comunidad.
«Cuando un estudiante siente que no tiene un espacio de aceptación, validación o deja de sentirse visto, valorado o reconocido dentro de la comunidad educativa, el riesgo tiende a incrementarse», explicó.
Estrategias en conjunto con las comunidades
En medio del debate público sobre la convivencia escolar, han surgido propuestas centradas en el control y la seguridad, como la instalación de pórticos detectores de metales o el reforzamiento de medidas sancionatorias.
El Dr. Óscar Nail, dijo que si bien estas acciones pueden responder a la demanda inmediata de las comunidades, las soluciones de corto plazo no reemplazan el trabajo pedagógico y relacional.
«Esto no va a ser suficiente para detener la violencia. Se ha estudiado en todo el mundo y los pórticos no eliminan la violencia en la escuela. Lo que crean es un sentimiento, una percepción de mayor seguridad», afirmó.
Por ello, apuntó a que el abordaje de los problemas debe apuntar hacia un enfoque sistémico y de largo plazo, en donde la estructura estatal acompañe la construcción de soluciones para la realidad que vive cada escuela.
«Es muy difícil cambiar culturalmente una escuela con intervenciones muy mediáticas y a corto plazo. En todo el mundo, los grandes cambios en el área concurren en el largo plazo, con participación activa de todos los actores de la escuela, y con mucha implicación y convencimiento de que lo que estamos haciendo está bien», manifestó.
La Dra. Yaranay López subrayó que el bienestar de los adultos que conforman las comunidades educativas es decisivo en la gestión de la convivencia, donde docentes y equipos escolares son actores clave en la contención emocional.
«Los docentes y otros adultos de la comunidad educativa cumplen un rol central como primer sistema de detección de señales y como agentes de co-regulación emocional. No olvidemos que los adultos actúan permanentemente como modelos para los estudiantes: la forma en que gestionan sus emociones y afrontan situaciones de estrés es observada e internalizada», aseguró.
En este ámbito, el agotamiento docente, influido en parte por condiciones laborales adversas, debilita la capacidad de respuesta eficaz.
«El agotamiento docente, en particular, reduce la paciencia, la tolerancia y la atención a las señales de necesidad de los estudiantes, dificultando el apoyo oportuno. En estas condiciones, es más probable recurrir a respuestas reactivas o centradas en el control, lo que puede contribuir al escalamiento de los conflictos».
La académica del Departamento de Psicología destacó que las intervenciones más efectivas son las que se dan en toda la comunidad escolar antes que los problemas aparezcan, trabajando el vínculo profesor estudiante y fortaleciendo la autorregulación, empatía y resolución de conflictos.
«La evidencia es clara en que las intervenciones más efectivas son aquellas de carácter preventivo, formativo, relacional y sistémicas, especialmente las basadas en el desarrollo de competencias socioemocionales en todos los integrantes de la comunidad educativa», dijo.







