El estrés académico se ha consolidado como una de las principales preocupaciones en la educación superior, debido a su alta frecuencia y a sus efectos en el bienestar, el aprendizaje y la calidad de vida de las y los estudiantes.
Las expectativas de rendimiento, el miedo al fracaso, la conciliación de los estudios con otras actividades y los recursos disponibles para responder a las exigencias son algunos de los factores detrás de esta forma de estrés.
“Este es un problema de creciente relevancia en educación superior, no solo por su frecuencia, sino también por sus posibles efectos sobre el bienestar, el rendimiento y la experiencia universitaria en su conjunto”, aseveró el académico del Departamento de Tecnología Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, Dr. Juan Luis Castillo Navarrete.
El estrés académico es una forma de respuesta a las demandas y presiones de la formación que, de acuerdo al doctor en Psicología, va más allá de los nervios que acompañan a las y los jóvenes en una prueba o un certamen.
“Es un proceso más complejo que aparece cuando las exigencias del estudio comienzan a sobrepasar a el o la estudiante o cuando siente que sobrepasan los recursos que tiene para enfrentarlas. Por eso no se reduce a un momento puntual ni a una sola emoción, sino que involucra demandas, reacciones y formas de afrontamiento”, indicó el Dr. Castillo.

El investigador participó en un estudio reciente con alumnos y alumnas de tres universidades de Concepción, en el que un 97,4% reportó haber sentido preocupación o nerviosismo relacionados con sus actividades formativas.
“Esa cifra no equivale a estrés académico ni puede leerse como sinónimo de un nivel alto de este fenómeno. Se trata de un indicador de malestar o activación subjetiva asociado al contexto académico”, dijo el especialista.
Por otra parte, agregó que análisis preliminares y datos previos de su línea de investigación sugieren que cerca de un 43% de los estudiantes evaluados presenta niveles altos de estrés académico.
La docente del Departamento de Psicología y Vicedecana de la Facultad de Ciencias Sociales., Dra. Carolina Inostroza Rovegno, explicó que el estrés es un proceso natural de adaptación de las personas frente a situaciones que demandan más recursos o energía de los que habitualmente tienen disponibles.
El de tipo académico tiene que ver con el rol de estudiante y las exigencias de las tareas relacionadas con el colegio, el liceo o la universidad.
“Las demandas académicas de rendir evaluaciones, presentaciones o exámenes orales se vivencian como estresantes, porque obligan a la persona a movilizarse, concentrarse y mantenerse en el esfuerzo de estudiar, atender clases y hacer trabajos durante muchas horas del día, por semanas y meses, de forma continua”, señaló la Dra. Inostroza.
De lo emocional a lo conductual
La mayor presión gatilla respuestas en distintos ámbitos, como el emocional, con ansiedad, angustia, frustración o culpa; cognitivo, con dificultades para concentrarse, memorizar o rendir de acuerdo a lo esperado, y físico, con cansancio, somnolencia, alteraciones del sueño o sensación de agotamiento, detalló el Dr. Castillo.
A nivel conductual, puede haber irritabilidad, tendencia al aislamiento y a postergar las tareas o una menor disposición al estudio.

Esta forma de estrés se produce por la interacción de varios factores, dentro de los cuales destacan la sobrecarga de tareas, las evaluaciones, la presión por rendir bien, poco tiempo para responder a las exigencias y el temor a no cumplir con las expectativas
“Entre los factores más intensos aparecieron las evaluaciones, la sobrecarga de tareas y reacciones como agotamiento físico y mental. Además, todo depende del momento en que se evalúa de la facultad, de la carrera y del nivel”, indicó el académico.
Ambos especialistas destacaron que no todas las personas viven el estrés de la misma manera, aunque estén sometidos a igual tipo de demandas o carga de actividades.
“Este es un fenómeno amplio y transversal, pero no se expresa del mismo modo en todos los casos. En las muestras que hemos estudiado se han observado diferencias por sexo en algunos estresores y reacciones vinculadas al estrés académico, con puntajes más altos en mujeres en varios de esos indicadores”, anotó el Dr. Castillo
La Dra. Inostroza añadió que el estrés puede ser mayor en quienes no viven con sus familias durante el período de estudios, presentan dificultades económicas, deben trabajar y estudiar, ejercen labores de cuidado o que arrastran problemas de salud mental desde antes de llegar a la universidad.
También influyen las condiciones concretas en que estudia cada persona, el equilibrio entre la vida académica y personal, el apoyo disponible y el contexto en que transcurre la experiencia universitaria.
Autocuidado y autorregulación del aprendizaje
Carolina Inostroza aclaró que como se trata de una respuesta natural, el estrés no se considera un trastorno o una enfermedad, salvo cuando es acumulativo, intenso y prolongado y genera reacciones que pueden desembocar en síntomas somáticos -dolores de cabeza, espalda o gástricos- o del tipo ansioso o depresivo.
Lo habitual, dijo, es que los malestares disminuyan al pasar los periodos de mayor exigencia, pero advirtió que hay que poner atención cuando los síntomas físicos o psicológicos persisten incluso en períodos de descanso y se prolongan por más de 15 días o un mes. En esos casos, se recomienda consultar a un especialista.
La académica conduce un proyecto Fondecyt sobre estrés y salud mental (1252104), focalizado en la adaptación de estudiantes a la vida universitaria durante los dos primeros años, donde -comentó- el autocuidado y la autorregulación del aprendizaje son fundamentales.

En el autocuidado, es importante que las y los jóvenes consideren dormir la cantidad de horas suficientes para descansar adecuadamente, alimentarse bien, realizar actividades físicas, de ocio y de interacción social.
“La autorregulación del aprendizaje implica estudiar diariamente, de forma ordenada y planificada, e idealmente utilizar los distintos recursos que están disponibles en las universidades como las ayudantías, las consultas con docentes, los programas y las tecnologías de apoyo, como calendarios u organizadores”, detalló la experta.
A través de las entrevistas con jóvenes universitarios realizadas en el marco del proyecto han visto que estos dos elementos les ayudan a enfrentar de mejor forma sus tareas y a reducir los efectos del estrés.
Abordaje integral
El Dr. Juan Luis Castillo ha desarrollado un amplio trabajo en torno el estrés académico movido por el interés de comprender los factores que lo intensifican y los impactos en el aprendizaje y la vida estudiantil.
Dentro de sus investigaciones ha contribuido al desarrollo y validación de instrumentos para medirlo, aportando también a su conceptualización, normas interpretativas y bases metodológicas para el estudio del tema.
En sus investigaciones más recientes ha trabajado en propuestas para la obtención de información más amplia y contextualizada, con la idea de lograr un abordaje integral del problema.

En esa línea se enmarca su proyecto Fondecyt de Iniciación sobre el impacto del estrés académico en el desempeño y bienestar de estudiantes universitarios (11240383) a través de un seguimiento semestral que incluye mediciones repetidas de variables biológicas y psico-conductuales.
El estudio considera cuestionarios electrónicos, el uso de dispositivos inteligentes y recolección de muestras de saliva para la medición de cortisol y amilasa salival (biomarcadores del estrés).
“El proyecto aún está en fase de muestreo y recopilación de datos, de modo que no corresponde adelantar resultados finales. Pero sí permite profundizar en una línea de trabajo que busca estudiar el estrés académico de manera más integral y a lo largo del tiempo”, comentó el especialista.
Para el académico, este enfoque es necesario para comprender mejor un fenómeno que no puede explicarse solo desde el malestar subjetivo, sino también desde sus expresiones biológicas, conductuales y contextuales.







