Más allá de su reconocido valor ecosistémico, y a pesar de las presiones a las que están expuestos, los humedales juegan un importante rol como refugios para la memoria biocultural, en un entramado que une biodiversidad y patrimonio cultural.
Un estudio de la Universidad de Concepción sobre tres humedales costeros constató que las comunidades reconocen elementos de la naturaleza (26,46%) y sitios de significación cultural (24,1%) como sus atributos más relevantes.
“Esto subraya la importancia de la conservación de estos como refugios bioculturales y elementos de identidad de la región”, afirmó el investigador del Laboratorio de Estudios del Antropoceno (LEA) de la Facultad de Ciencias Forestales UdeC, Cristóbal Pizarro Pinochet, quien lideró este trabajo.
La investigación – financiada por un proyecto Fondecyt de Iniciación- también observó que el cuidado de los sitios de interés ecológico y espiritual de estos humedales recae en gran parte en sus comunidades y los vecinos que viven en el entorno de estos ecosistemas.
La necesidad de abordar la pérdida de la biodiversidad y la diversidad cultural de manera integrada en el contexto del proceso progresivo de degradación que sufren los humedales en todo el mundo fue la base de la iniciativa que se extendió por cuatro años.

El proyecto ahondó en la estrecha relación entre cultura y naturaleza que se da en estos sitios, tomando como ejemplos las realidades del Humedal Urbano Estero El Molino en Laraquete, el Santuario de la Naturaleza Tubul-Raqui en Arauco (en la Región del Biobío) y el Sitio Ramsar Monkul en Carahue (La Araucanía).
Si bien el rol ecológico de los humedales en Chile, y en particular como refugio de aves migratorias, es bien conocido -al igual que su papel en la provisión de servicios ecosistémicos-, sus dimensiones culturales han sido poco exploradas.
Estos lugares albergan sitios relevantes de valor cultural y de bienestar humano, especialmente para las comunidades mapuche/lafkenche, indicó el Dr. Pizarro, quien conduce el LEA.
Gradiente norte-sur
Los humedales elegidos dibujan un recorrido de norte a sur por la Cordillera de Nahuelbuta y reflejan distintos niveles de transformación en el lapso de las últimas seis décadas.
“Hay que considerar que los humedales son sistemas súper dinámicos, que se transforman con eventos de gran magnitud, como ocurrió con el terremoto de 2010, pero también con las presiones de las actividades humanas y productivas que amenazan no solo la biodiversidad sino también los sitios de significación cultural”, explicó.

La apuesta fue investigar el cambio de los paisajes por efecto de las actividades productivas a través del tiempo y su impacto en espacios de relevancia desde el punto de vista cultural, así como indagar en las estrategias de conservación de los territorios.
“Entonces, estudiamos una gradiente desde un humedal altamente intervenido, como El Molino hasta uno más protegido, que es el caso de Mokul”, detalló el también integrante del Instituto de Ecología y Biodiversidad UdeC (IEB).
“Así, partimos desde Laraquete, que es una zona muy afectada por la industria celulosa, y el Golfo de Arauco, con toda la historia del carbón y luego las plantaciones forestales, hasta llegar al sur a un lugar protegido por comunidades lafkenches y que fue altamente alterado por el terremoto de 1960”, consignó el experto en sustentabilidad ecológica y social.
El equipo de especialistas dispuso de investigadoras locales en cada humedal, con el fin de conducir mapeos participativos con vecinas y vecinos para recoger la memoria social de los cambios del paisaje -tomando como hito el terremoto de 1960- y también identificar los sitios de valor cultural.

Luego trabajaron sobre la historia con lideres y lideresas reconocidos entre sus pares para profundizar en la historia a través de entrevistas y conocieron algunos de los lugares de importancia cultural o espiritual.
El valor del agua
Pizarro indicó que elementos del paisaje relacionados con el agua son reconocidos dentro de los sitios de alto valor ecológico, cultural y espiritual para estas comunidades.
Elementos clave de la red hídrica como las cascadas (trayenco), vertientes (menoko) y la confluencia de dos ríos (trawunco), son algunos de ellos.
También se incluyen los cerros (mawida o winkul) y quebradas que bordean el humedal, entre otros. Como ejemplo, el investigador mencionó que en el humedal El Molino, en Laraquete, pese a estar muy intervenido, aún queda un fragmento de un bosque húmedo/pantanoso (walve en mapudungún).
“Estos son ecosistemas muy amenazados y muy importantes. Se sabe que un walve o pitranto puede detener la propagación de un incendio. Allí hay muchas plantas medicinales de interés para la comunidad mapuche. Son lugares de alta espiritualidad, también”, dijo.
Un punto común en entre estos humedales es que los tres se encuentran dentro áreas con alguna figura de protección: El Molino está reconocido como humedal urbano y Tubul-Raqui como santuario de la naturaleza, mientras que Monkul es el primer Sitio Ramsar de La Araucanía.
Sin embargo, de acuerdo a los mapas y cartografías resultantes de los datos recogidos en el estudio, entre el 70 y el 80% de los sitios identificados como valiosos para las comunidades se encuentran fuera de las áreas oficialmente protegidas.“Esto quiere decir que son las personas quienes los protegen”, afirmó.

Estrategias de conservación
Este hecho dio pie al desarrollo de una serie de acciones, al amparo del proyecto, para promover estrategias de conservación del patrimonio biocultural, partiendo por actividades de mediación y educación y talleres para identificar de forma participativa las amenazas de los territorios.
En este punto, Cristóbal Pizarro, destacó la experiencia de Monkul que, a diferencia de los otros dos humedales, muestra niveles de intervención menores y una fuerte presencia de las comunidades en su gestión.
De hecho, mencionó que las comunidades de dos lugares clave del humedal lideraron y participaron activamente en el proceso de su reconocimiento como Sitio Ramsar, junto a otros actores públicos y la academia. Todo esto -indicó- ha facilitado el desarrollo de acciones educativas, de mediación, turísticas y de conservación.
Dentro de estas acciones está el Festival de las aves, realizada en conjunto con la comunidad Mateo Nahuelpán y el IEB, que este verano cumplió su cuarta versión.
“Es una iniciativa que hemos logrado sostener gracias a un convenio entre la comunidad Mateo Nahuelpan, que nos permite tener continuidad y transferir resultados de investigación para apoyar los procesos endógenos o propios de protección de los humedales por parte de las comunidades”, comentó.

En otros resultados, la investigación biocultural aporta con la visibilización de otros ecosistemas que son clave para la conservación de humedales.
“En el transcurso de la investigación nos dimos cuenta de que hay ciertos hitos geográficos que normalmente no se consideran parte de los humedales, que tienen alta significación cultural y valor para la biodiversidad. Uno de ellos son los cordones dunarios”, detalló el investigador.
Son espacios a los que las aves -muchas de ellas vulnerables- van a nidificar y donde crecen plantas que son parte de las culturas locales.
“En el cordón dunario de Monkul identificamos al menos 26 especies con alto valor medicinal y espiritual”, puntualizó.
Con cuatro año de trabajo, este proyecto ha logrado construir una mirada más completa del rol de los humedales en la naturaleza y la sociedad, relevando también la construcción participativa de conocimientos, donde convergen los saberes académicos y locales en la conservación de ecosistemas y la cultura que se teje alrededor de ellos.
Pero también pone en alerta de las amenazas latentes sobre estos ecosistemas que sobrepasan la capacidad de intervención de los actores vinculados a ellos, tales como el cambio climático y los proyectos de desarrollo de alto impacto.








