La circulación de retos virales en diversas redes sociales periódicamente instala preocupación en las comunidades educativas, en especial por el impacto en la convivencia escolar y la salud mental de niños, niñas y adolescentes.
A pesar de que en Chile el fenómeno no ha alcanzado la masividad de otros países, esta irrupción genera inquietud por las conductas de riesgo promovidas y la rapidez de difusión en entornos digitales.
Los desafíos muchas veces surgen como dinámicas lúdicas, pueden escalar a prácticas peligrosas influidas por la presión social, la necesidad de pertinencia y la búsqueda de validación en las redes. Se suma a esto un entorno digital diseñado para captar la atención de los usuarios, intensificando la exposición a contenidos de riesgo.
Desde áreas como la educación, tecnología y salud mental, especialistas de la Universidad de Concepción coinciden en que este fenómeno necesita un abordaje integral, donde la formación emocional y la educación digital sean ejes clave en el escenario que va más allá del aula y alcanza la vida cotidiana del estudiantado.
Pertenencia y riesgo
«Los retos virales están llegando principalmente a través de redes sociales, plataformas de video y grupos de mensajería que los estudiantes utilizan fuera del horario escolar», explicó el Director de Docencia de la Universidad de Concepción, Óscar Nail Kröyer.
Estos desafíos, añadió, no responde a una situación reiterada ni frecuente en el territorio nacional. «Sin embargo», subrayó Nail, «cuando aparecen, generan preocupación porque muchas veces los estudiantes replican conductas sin dimensionar los riesgos o consecuencias».
Entre 2023 y 2025, Óscar Nail fue investigador responsable del Programa “A convivir se aprende” del Ministerio de Educación, que desarrolló intervenciones de mejora de convivencia escolar en comunidades educativas.
El académico y Doctor en Educación afirmó que las prácticas virales responden a conductas o dinámicas que responden a decisiones influidas por pares.
«Se observan dinámicas de imitación, presión grupal, búsqueda de validación social y necesidad de pertenencia. A veces aparecen bromas que escalan, grabaciones de situaciones conflictivas o desafíos que normalizan conductas riesgosas. En muchos casos, los estudiantes participan más por presión social que por real intención de dañar», dijo.
La analista programadora, pedagoga en Historia y Geografía y estudiante del Doctorado en Salud Mental, Melissa Muñoz Flández, complementó esta mirada subrayando el papel del entorno digital en estas conductas.
«El algoritmo de las redes sociales está diseñado para ser atrapante y adictivo. Tiene esa organización de nunca terminar y, por lo mismo, te logra retener muchas horas digiriendo muchísimo contenido», advirtió.
Este diseño tecnológico, añadió la desarrolladora de Autistapp, se entrelaza con los procesos propios del desarrollo.
«Si combinamos esa variable con la formación de la identidad en niños, niñas y adolescentes, nos encontramos con un caldo de cultivo para que los retos aparezcan como una forma alcanzable de ser parte del grupo, sin importar lo peligroso que pueda ser o no. Tampoco quisiera satanizar todo reto, hay algunos bastante inocuos», aclaró.
Convivencia en un entorno sin fronteras
La extensión de los conflictos más allá del espacio escolares es uno de los puntos más debatidos en las comunidades educativas. Óscar Nail reparó en que la convivencia actual ya no está limitada al aula:
«Antes muchos conflictos terminaban cuando finalizaba la jornada escolar. Hoy continúan durante toda la tarde o incluso fines de semana mediante redes sociales y grupos de mensajería. Eso amplifica los conflictos, aumenta el desgaste emocional y hace más difícil resolver las situaciones dentro del establecimiento».
Dado que gran parte de estas interacciones ocurre fuera del control directo de las escuelas, el Director de Docencia enfatizó en que las estrategias deben avanzar no solo hacia la regulación.
«La educación digital debe trabajarse de manera preventiva y formativa, no solo desde la prohibición. Es importante enseñar pensamiento crítico, autocuidado digital, manejo emocional, privacidad, uso responsable de redes y análisis de contenidos», detalló.
Melissa Muñoz coincidió con que la respuesta para abordar situaciones problemáticas debe trascender la mera restricción.
«No soy partidaria de la prohibición a buenas y a primeras, principalmente porque suelen generar efectos contraproducentes y no permiten que el entendimiento resuelva el problema. Aún así, soy también muy crítica del uso de pantallas en niños y niñas, especialmente por el impacto en la cognición, la atención y otros elementos», sostuvo.
La especialista agregó que si se dispone de medidas restrictivas, estas deben estar acompañadas por estrategias de fortalecimiento de interacción social directa.
«Tener acceso a menos celulares en el aula debe ir acompañado de mayores actividades que generen conexión e interacción entre pares, para que realmente tenga una incidencia en lo que se quiere revertir del efecto del teléfono», añadió.
Este escenario también deben considerar tensiones que puedan producirse en torno a estudiantes con necesidades educativas especiales (NEE), atendiendo tanto por el clima en el aula como por la atención oportuna de sus requerimientos.
«Esto también pone un foco en quienes utilizan elementos digitales de regulación y/o apoyo, claro está que en estudiantes con NEE se permite el uso de algunas herramientas tecnológicas, pero ¿acaso esa diferencia no genera conflicto con el resto de los compañeros? ¿Qué pasa si alguno está viviendo un cuadro incipiente de ansiedad y usa la respiración guiada pero el proceso de tramitar usar el teléfono es más burocrático que el tiempo que requiere de apoyo?», cuestionó Melissa Muñoz.
El desafío compartido de educación digital y bienestar
Tanto Óscar Nail como Melissa Muñoz concuerdan en que los problemas que puedan generarse dentro de la comunidad educativa a partir de los retos virales necesitan una acción coordinada entre los establecimientos y las familias, con un rol protagónico de estas últimas.
«Existe una responsabilidad compartida, pero el rol parental es fundamental. Los padres deben poner atención a lo que ven sus hijos, cuánto tiempo pasan en redes, qué contenidos consumen y cómo se relacionan digitalmente. El colegio puede orientar, educar y acompañar, pero no puede reemplazar completamente la supervisión familiar. La formación digital debe ser un trabajo conjunto entre familia y escuela», reflexionó el Director de Docencia.
En esta línea, dijo que es importante promover habilidades como el pensamiento crítico, autocuidado y manejo emocional, junto con el robustecimiento de los espacios de diálogo.
«La clave es conversar sin juzgar ni ridiculizar. Los adolescentes necesitan sentir que pueden hablar sin ser castigados inmediatamente. Escuchar, preguntar y dialogar suele ser mucho más efectivo que prohibir de manera autoritaria. Cuando existe confianza, es más probable que pidan ayuda o comenten situaciones de riesgo», añadió.
Por su parte, Melissa Muñoz puso el énfasis en la dimensión emocional del fenómeno:
«Creo que más relevante que la educación digital, es importante trabajar sobre la emocionalidad de los niños, niñas y adolescentes. El reto es atractivo por lo que te genera psicológicamente, no sólo por lo digital. Además de ello, en el plano de lo digital incorporaría elementos como la huella digital, la protección de datos y la IA generativa».
La desarrolladora también destacó el potencial de la tecnología para promover hábitos más saludables en el entorno digital.
«Hay algunas herramientas que ayudan a disminuir el tiempo en pantalla con aplicaciones específicas. Incluso, ahora la famosa app Duolingo incorporó un bloqueo personalizado de apps, condicionado a hacer lecciones. Creo que es una herramienta lúdica para bajar la cantidad de horas de tiempo de pantalla», planteó.







