Responder a esta no es simplemente retórica ni marketing, sino una responsabilidad institucional. Porque una universidad no es solo carreras, edificios y reglamentos; es una manera de entender el conocimiento, la sociedad y el futuro. Toda gestión refleja una idea de universidad. En la Universidad de Concepción, esa pregunta es imprescindible. Vivimos restricciones presupuestarias, presión por la productividad, burocracia que consume horas académicas y fatiga comunitaria, evidenciada en la sobrecarga y la desconfianza. Sin centrarnos en el “para qué”, solo gestionamos lo fácil y postergamos lo importante: la calidad de la formación y la creación de conocimiento relevante. Por eso, mi propuesta rectoral invierte el orden habitual: antes de listar obras o cifras, definimos un horizonte. Aspiramos a una UdeC exigente, social y territorialmente relevante; una universidad que cuida las trayectorias formativas, el trabajo académico y su sustentabilidad. La recuperación de lo esencial permite construir lo posible con prioridades claras, sin prometerlo todo, porque elegir implica enfocar energías donde el impacto sea real. Esa identidad se traduce en decisiones concretas. La inclusión y la permanencia significan acompañamiento académico, bienestar estudiantil y alertas tempranas ante el abandono, junto con trayectorias curriculares más claras. La calidad requiere formación docente, evaluación pedagógica y condiciones adecuadas para enseñar, investigar y crear: tiempo protegido, apoyo técnico, infraestructura pertinente y menos trámites inútiles. El compromiso territorial demanda estructuras estables, presupuesto y metas verificables, no solo actividades. Los indicadores cambian de sentido: no deben ser planillas frías, sino evidencias de coherencia. Permanencia, egreso, calidad docente, producción académica e impacto, tiempos de respuesta administrativa, clima institucional, vinculación con resultados y salud financiera solo importan si responden al “para qué”. Medir no es controlar por controlar, sino verificar si lo que valoramos realmente sucede, aprender de la evidencia y ajustar cuando no. Lo mismo aplica a los proyectos: no son vitrinas personales ni listas de compras, sino partes de un futuro compartido; deben aclarar qué problema institucional resuelven, a quién benefician y cómo se evaluarán. Una campaña rectoral se fortalece menos acumulando promesas que construyendo sentido. No consiste solo en administrar lo existente, sino en definir con claridad hacia dónde vamos y por qué vale la pena avanzar juntos. Porque al final, no solo está en juego quién conduce la institución, sino también qué universidad queremos ser.
Antes de los proyectos, el sentido
enero 15, 2026
Crédito: Equipo Campaña Dr. Carlos von Plessing Rossel
En campañas universitarias, suele repetirse una escena conocida: documentos extensos, cuadros de indicadores, promesas de eficiencia y catálogos de proyectos. Todo eso importa, pero falta una pregunta previa importante y a menudo omisa: ¿qué universidad queremos y para qué?
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