Me preocupa que, a veces sin darnos cuenta, normalicemos la sobrecarga y la urgencia permanente. Se vuelve habitual trabajar con la sensación de que siempre falta tiempo, de que todo es para ayer y de que el reconocimiento depende de cumplir con más y más exigencias. Yo no leo esto como fragilidad individual: lo leo como un sistema que empuja a rendir más allá de lo razonable, y luego se sorprende cuando se resiente la calidad del trabajo, aparecen conflictos o se apaga la motivación.
En la vida universitaria distingo tres quiebres que muchos hemos sentido. Primero, el tiempo: el trabajo se pulveriza entre reuniones, reportes y trámites; la concentración, que es la materia prima del pensamiento, desaparece y, con ella, se dañan la docencia, la escritura y la reflexión. Segundo, las expectativas: se pide “más” de todo (publicar, adjudicar, innovar, gestionar) sin un soporte proporcional; se instala una épica del heroísmo que termina por ampliar desigualdades, sobre todo en quienes recién comienzan su carrera académica. Tercero, la cultura: pedir ayuda se interpreta como debilidad, los problemas se abordan tarde y el reconocimiento se vuelve estrecho o impredecible.
Si de verdad quiero que esta agenda sea parte de la calidad y no un discurso bienintencionado, tengo que mover pocas palancas, pero decisivas.
1. Devolver tiempo académico: reducir la fricción administrativa, hacer que los sistemas “conversen”, fijar plazos de respuesta y adoptar la regla de “se pide una vez”. Para mí, esta es una de las políticas de salud mental más efectivas porque aborda la causa y no solo el síntoma.
2. Gestionar cargas con criterios comunes: distribución transparente de docencia, investigación y gestión; protección de los tiempos de concentración; y apoyo real en momentos críticos (grandes cursos, jefaturas, primeros años).
3. Profesionalizar el liderazgo y el cuidado temprano: formación para direcciones y jefaturas en la conducción de equipos y la prevención de conflictos; y canales de orientación ágiles, confidenciales y sin estigma.
Yo creo que hablar de la salud mental del profesorado no es un tema blando: es cuidar el núcleo de la calidad universitaria. Podemos tener planes ambiciosos, pero si trabajamos agotados, la excelencia se vuelve un simulacro. Por eso, para mí, la reforma más moderna y humana es pasar de la épica del desgaste al buen trabajo.







