Ante las recientes proyecciones que anticipan la posible ocurrencia de un evento El Niño de gran intensidad -super niño- que traería precipitaciones muy por sobre lo normal en la zona centro sur del país, con una serie de riesgos asociados durante este 2026.
Los expertos llaman a mirar con cautela las proyecciones e interpretar estos escenarios con cautela, enfatizando que los modelos climáticos entregan probabilidades y no certezas, ya que los escenarios pueden cambiar y moderar las expectativas.
“Los modelos no son perfectos, por eso siempre hay que hablar de probabilidades”, advirtió el académico del Departamento de Geofísica (DGeo) de la Universidad de Concepción, Dr. Francisco Lang Tasso, recordando que en 2017 se predijo un Niño que finalmente no prosperó.
En la misma línea, el Dr. Martín Jaques Coper -también investigador DGeo UdeC- anotó que “los modelos de pronóstico estacional de Enos (El niño-oscilación del sur) tienen una incertidumbre asociada que es particularmente pronunciada en el otoño austral (ahora)”.
A partir de mayo y junio, su señal es más confiable, aseveró. “Con todo, la información disponible asigna la mayor probabilidad al desarrollo de un evento El Niño en invierno-primavera”, indicó Jacques.
El especialista en Ciencias del Clima agregó que en esas estaciones del año es cuando se espera la asociación histórica entre El Niño y condiciones lluviosas en Chile Central en el invierno y sur en primavera; sin embargo, consignó que esa relación ha ido debilitándose en décadas recientes.
De acuerdo a los datos existentes hasta ahora, se espera una anomalía alta de la temperatura superficial del mar y, probablemente, un Niño más fuerte, que es lo que se ha difundido ampliamente en estos días.

Pero el Dr. Jaques resaltó que, aunque pronósticos específicos de algunos modelos apunten a un calentamiento sustancial del Océano Pacífico Tropical o Ecuatorial, actualmente no es posible afirmar con certeza que se desarrollará un evento extraordinario de El Niño.
Vientos alisios y temperatura superficial del mar
Francisco Lang explicó que El Niño es el calentamiento de las aguas superficiales del Océano Pacífico Central, un cambio “que tiene efectos directos en toda la atmósfera”.
Es una de las expresiones de El Niño/La Niña Oscilación del Sur (Enos o Enso, en su acrónimo en inglés), un patrón recurrente caracterizado por variaciones en la temperatura superficial del mar y el debilitamiento o inversión de los vientos alisios de este a oeste, entre otros indicadores.
En este ciclo natural produce una alternancia entre una fase cálida (El Niño) y otra fría (La Niña), que impulsa alteraciones en las pautas meteorológicas a escala global.
La Niña provoca lluvias e inundaciones en el sudeste asiático y zonas de Sudamérica, así como sequías en el sur de Estados Unidos y áreas costeras del Pacífico. En El Niño suelen registrarse lluvias intensas e inundaciones en América del Sur, y sequías en Asia y Australia. Es lo que se pronostica para el segundo semestre de 2026.
El Dr. Lang explicó que este es un sistema acoplado entre la atmósfera y el océano, donde el comportamiento de los vientos alisios en el área cercana al Ecuador juega rol fundamental.
Lo normal es que estos vientos circulen de este a oeste; es decir que soplen desde la costa americana a Asia. Cuando se debilitan o cambian de dirección, producen un aumento de la temperatura en el Océano Pacífico Central por la movilización de aguas cálidas desde Asia al este.
“Estos cambios tienen implicancias en la circulación general de la atmósfera con impactos en el Pacífico Sur, el Pacífico Norte y también el Índico y el Océano Atlántico, más indirectamente. Es un fenómeno global que tiene efectos de distintas consideraciones”, aseveró.
Las últimas observaciones de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) dan cuenta del predominio de un Enso neutral en el Pacífico Ecuatorial, con un 80% de probabilidades de mantenerse hasta junio.

Las proyecciones de la agencia incluyen un 61% de posibilidades de una transición hacia El Niño en mayo-julio, que persistiría hasta fines de año, y que eventualmente tendría características “muy fuertes”.
Algunas de las proyecciones apuntan a un aumento de 2.5° Celsius en la temperatura superficial del mar, lo que -en palabras de Francisco Lang- reviste características de un “super niño”.
“Son condiciones bien similares a las de 1997-1998 cuando se registró un Niño bastante fuerte, con muchos efectos. Allí hubo un aumento de la temperatura superficial del mar por sobre los 2 grados”, recordó.
Este evento ha sido calificado como el más catastrófico del siglo XX. Ya en este siglo, El Niño de 2015 registró fluctuaciones de 2.6° C en noviembre-diciembre, agregó el especialista.
“Este podría ser uno de los eventos posiblemente más severos, va a depender de cómo se desarrolle; pero cuando se habla de más de 2 grados se considera un Niño fuerte”.
Los riesgos de El Niño
De cumplirse los pronósticos, se prevé un impacto en la zona centro sur que va de Coquimbo a La Araucanía, con incrementos de lluvias en el invierno e incluso primavera.
“Bajo un escenario asociado al fenómeno de El Niño, se incrementa la probabilidad de un mayor número de días con precipitaciones sobre lo normal lo que constituye el principal factor de riesgo”, explicó el investigador de la Facultad de Ciencias Ambientales, Dr. Octavio Rojas Vilches.
Esto ocurre particularmente entre las regiones de Coquimbo y Biobío, donde predominan climas semiáridos y mediterráneos que concentran sus lluvias en invierno.
En la zona central, cerca del 30% de la variabilidad de años lluviosos se explica por El Niño, donde el agua caída puede doblar el total de un año normal, anotó el especialista en riesgos ambientales y planificación territorial.
El investigador detalló que los impactos asociados al aumento de las precipitaciones pueden ser significativos, sobre todo en zonas donde existen condiciones de alta exposición y vulnerabilidad en el plano social, económico o de infraestructura.
Las principales amenazas desde el punto territorial son las de tipo hidrometeorológico, como inundaciones fluviales por desborde de cauces y remociones en masa, como deslizamientos y derrumbes.
A ellos se asocia daños en viviendas, infraestructura crítica, interrupción de servicios y pérdidas económicas relevantes, tanto a nivel urbano como rural.
Más preparación
Desde el punto de vista de la preparación ante estos eventos, el académico reconoció avances importantes en la gestión del riesgo de desastres. “Muchas comunas hoy cuentan con mapas de amenaza, planes de gestión de riesgos y planes de emergencia, que permiten identificar zonas críticas y mejorar los procesos de prevención y respuesta”.

Las inundaciones de 2023 y 2024, a su juicio han ayudado a aumentar la percepción de riesgo en la población, mejorando su capacidad de reacción gracias a la experiencia reciente.
Sin embargo, persisten desafíos estructurales que deben ser abordados en el mediano plazo.
“Entre ellos están la ocupación irregular de zonas susceptibles a riesgos hidrometeorológico, la insuficiencia de infraestructura de drenaje urbano en algunas ciudades, la incorporación de soluciones basadas en la naturaleza y la actualización de los instrumentos de planificación para evitar la creación de nuevas áreas de riesgo”, señaló.
Con todo, como debe ser ante cualquier tipo emergencias, hay que partir por la preparación individual, lo que significa conocer las amenazas del entorno cercano y general, evitar conductas que incrementen los riesgos y mantenerse informados por los canales oficiales.







