Los incendios forestales no solo dejan pérdidas visibles en vegetación y viviendas, sino que también generan impactos silenciosos en el suelo que pueden derivar en nuevas emergencias. La comunidad científica de la Universidad de Concepción pone la alerta en la «crisis secundaria» que vendrá con la pérdida de capacidad de infiltración del suelo con las primeras lluvias.
La académica del Departamento de Geografía de la Universidad de Concepción e integrante del Grupo de Estudio Multiamenazas Biobío, Dra. Ianire Galilea Salvador, advirtió que los suelos afectados por incendios severos pueden comportarse como superficies impermeables, elevando significativamente la amenaza de aluviones e inundaciones.
La ciencia tras la «fobia» al agua
El fenómeno, según explica la investigadora, ocurre por la composición de los suelos de la zona, denominados Alfisoles. Estos suelos, ricos en aluminio y hierro, reaccionan ante temperaturas superiores a los 300°C.
«La materia orgánica de las plantaciones de pino y eucalipto no se consume totalmente; se funde y se mezcla con las partículas de tierra. Esto crea una capa de cera impermeable, un fenómeno llamado hidrofobicidad», detalló.
Al perder su porosidad, el suelo ya no actúa como una esponja, sino como un tobogán. La especialista indicó que 2cuando lleguen las lluvias, el agua no infiltrará; generará autopistas de lodo que arrastrarán enormes volúmenes de material hacia las poblaciones».
Diagnóstico crítico a la gestión pública
La experta señala que esta vulnerabilidad se ve agravada por una visión reactiva del Estado. Actualmente, apenas el 5% del presupuesto público para el sector forestal se dedica a la prevención.
«En Chile no somos predictivos. Las acciones se toman a posteriori, cuando el riesgo ya es desastre. Falta proactividad para generar planes de contingencia actualizados, algo que en países con riesgos similares se hace de forma permanente», enfatizó la académica.
La Dra. Galilea recordó que la Cordillera de la Costa arrastra un agotamiento histórico desde los siglos XVII y XVIII, cuando el bosque nativo fue talado masivamente para el cultivo de cereal sin rotación. «Hoy el monocultivo forestal es casi el único uso que el suelo permite, porque está debilitado por siglos de maltrato. Es un suelo estructuralmente frágil y muy propenso a la degradación».
El riesgo en las zonas urbanas
Durante inspecciones en terreno en sectores como Lirquén, se ha detectado una interfaz urbano-forestal extremadamente estrecha, con viviendas a escasos metros de la combustión. «Vimos que aún existe combustión subterránea a nivel de raíces en pinos y eucaliptos. Eso, sumado a la falta de absorción del suelo, favorece las remociones en masa (deslizamientos) e inundaciones inmediatas», advirtió.
Para la Dra. Galilea, la recuperación no debe ser improvisada. La academia propone tres ejes urgentes:
-
Cartografía de detalle: Generar mapas a escala 1:10.000 para conocer las propiedades reales de cada localidad, ya que los datos actuales son demasiado generales.
-
Pacto Social: Coordinación entre empresas, sector público y habitantes para rediseñar el uso del suelo.
-
Intervención informada: No realizar obras de mitigación sin conocimiento técnico, ya que podrían acelerar la erosión.
«El suelo es un ente vivo y dinámico, no una superficie inerte. Si no cambiamos el paradigma de cómo lo tratamos, seguiremos replicando estas tragedias año tras año», concluyó.







