Tras 121 entrevistas y 17 grupos de discusión con 236 estudiantes de educación superior, el equipo liderado por la académica de Antropología de la Universidad de Concepción, Dra. Andrea Aravena Reyes, junto a un equipo académico integrado por la Dra. Heidi Fritz Horzella y el Dr. Manuel Antonio Baeza Rodríguez de la misma Casa de Estudios y la Dra. Rocío Ferrada de la Universidad Católica de Valparaíso, junto a un equipo de antropólogos/as de la UdeC y un Comunicador Social de la UPLA, describe un escenario de “multicrisis” que reconfigura identidades, expectativas laborales, bienestar y socialización digital entre jóvenes que ingresaron a la educación superior entre 2020 y 2024.
“Los estudiantes describen el porvenir como un espacio inestable, donde planificar se vuelve difícil y las expectativas se moderan”, explica la Dra. Aravena. Incertidumbre que se traduce, entre otros aspectos, en la postergación o rechazo de la maternidad entre las jóvenes, quienes cuestionan la desigual distribución de las tareas de cuidado y las dificultades para compatibilizar familia y desarrollo profesional.
Entre los principales hallazgos de la investigación destacan:
- “No futuro”, ecoansiedad y retrotopías: en tiempos de crisis se diluyen los proyectos colectivos y se privilegia el bienestar individual.
- Título ya no basta: los postgrados aparecen como “blindaje” frente a la competencia y la precariedad de la inserción laboral.
- “Todo depende de mí”: más individualismo para enfrentar un futuro sin redes ni certezas.
- “No quiero ser mamá”: crece el rechazo explícito y la postergación de la maternidad por desigualdades de cuidado y riesgos laborales.
- Crítica a la educación: se percibe como relevante, necesaria para competir, pero débil en su aporte de sentido y de formación del pensamiento crítico.
- Hiperconectividad con brechas socioeconómicas: el celular como “extensión del cuerpo y la mente”; diferencias en acceso a IA y dispositivos.
- Identidad cultural en riesgo: preocupación por pérdida de mapudungun y tradiciones mapuche.
- Esperanza cautelosa: persiste expectativa de cambio desde acción ambiental y equidad de género, aunque “lenta y con obstáculos”.
La investigación también confirma el diagnóstico de individualismo de la sociedad chilena. En tanto individuos, se piensan en el presente y proyectan el futuro ya sea de manera defensiva, pragmática o adaptativa frente a la incertidumbre. Lo anterior se aprecia, por ejemplo, en la ausencia de proyectos colectivos y una débil identificación con proyectos sociales o políticos comunes; el foco está puesto en el bienestar individual y en “sálvese quien pueda” en un contexto percibido como incierto.
Hiperconectividad naturalizada
En cuanto al uso de medios digitales, se ha observado una fuerte presencia de la tecnología en la vida cotidiana de los y las jóvenes, con diferencias según nivel socioeconómico, una “hiperconectividad” que estructura sus relaciones, estudios y formas de habitar el tiempo libre, señala el equipo investigador.
Además, apuntan que el uso intensivo del celular y otras tecnologías es descrito por los propios estudiantes como una extensión del cuerpo y la mente, en este sentido para muchos jóvenes, “despertar con el teléfono en la mano” es parte de la rutina diaria. También emergen relatos que dan cuenta de brechas tecnológicas según clase social: mientras algunos estudiantes integran IA, dispositivos inteligentes y “casas smart” en su vida cotidiana, otros acceden a la tecnología de forma más limitada y funcional.
Expectativas: “Tampoco le pido tanto a la vida”
Pese a la incertidumbre, los jóvenes mantienen expectativas laborales relativamente altas -trabajar en lo estudiado, estabilidad y crecimiento profesional-, aunque con un discurso moderado que refleja realismo más que ambición.
En las entrevistas realizadas se logró observar una confianza en la universidad contrapuesta a una marcada desconfianza en el mercado laboral: los estudiantes valoran su formación académica, pero perciben los mercados laborales como saturados, lo que instala la idea del postgrado como estrategia casi obligatoria de inserción. Ante este escenario realizar estudios de postgrados se plantea como defensa ante la precariedad: magísteres y diplomas aparecen menos como vocación académica y más como un “blindaje” frente a la competencia, la inestabilidad y la falta de oportunidades.
Voces críticas y una cautelosa esperanza
El escenario actual ocasiona en los jóvenes, emerge una decidida crítica a la educación: algunos jóvenes cuestionan que el sistema educativo entregue las herramientas necesarias para entender y desenvolverse el mundo de hoy, señalando que muchas veces los prepara para competir y consumir más que para pensar o transformar la sociedad.
Junto a ello, en los grupos de género con particular fuerza se aprecia un rechazo explícito a la maternidad: más allá de la postergación, emergen discursos que niegan derechamente el deseo de tener hijos, asociados a experiencias familiares de sobrecarga femenina, discriminación laboral y pensiones insuficientes.
Del mismo modo, se logró constatar una preocupación por la pérdida de la identidad cultural indígena: jóvenes de distintas regiones expresan inquietud por la desaparición del mapudungun y las tradiciones mapuche, vinculando globalización, migración y educación escolar como factores de erosión cultural.
A pesar del incierto contexto en que les ha tocado ser jóvenes, la generación 2020 manifiesta una esperanza cautelosa en la acción juvenil: pese al diagnóstico crítico, aparece una expectativa de cambio ligada a la conciencia ambiental, la equidad de género y la acción colectiva, aunque reconocida como lenta y llena de obstáculos.
El equipo entra en etapa de cierre con artículos y ponencias, e invita al conversatorio “¿Qué nos depara el futuro? Bienestar subjetivo, socialización digital e imaginarios juveniles en estudiantes de universidades del CRUCH”, el 20 de enero de 2026, en las Escuela de Verano UdeC.



