Los incendios forestales registrados en distintos sectores de la intercomuna desde el fin de semana han sido calificados dentro de los más catastróficos del país en los últimos años, tanto por el número de personas y hogares afectados, como por su magnitud.
Los siniestros han llamado la atención por una velocidad de propagación que hizo complicado su control.
“Es un incendio que se ha salido un poco de norma, pero que es parte de una tendencia”, comentó el académico de Ciencias Forestales y especialista en Ecología del Fuego, Dr. Eduardo Peña Fernández.
Son varios los países que en la última década han vivido este tipo de eventos, que se explican por factores como el aumento de las temperaturas globales impulsadas por el cambio climático, olas de calor cada vez más frecuentes y sequías prolongadas.
El Dr. Peña señaló que en la rápida propagación de los incendios iniciados el fin de semana hubo una confluencia crítica de factores: la presencia de combustible fino y mediando muy seco, altas temperaturas y baja humedad relativa.
“En estas condiciones, el material arde con mucha facilidad. Por eso una chispa de una galletera o una pavesa encendida que cae al suelo, no todas llegan encendidas, puede generar un foco de incendio”, advirtió el especialista.
El académico añadió que en un escenario como ese la energía se libera más rápido y el fuego gana intensidad, haciendo que las masas de aire asociadas a él generen más viento sobre el incendio.
“El fuego crea su propio viento, por eso decimos que hay un momento en que el fuego controla las condiciones ambientales. Al inicio, el fuego depende de las condiciones ambientales, pero después, las condiciones ambientales extremas son favorecidas por la acción del fuego. Y aquí aumenta la resistencia al control”, detalló el académico.
Estas características también inciden en la planificación de las líneas de combate de los siniestros “que deben ser más grandes y construirse de forma más rápida, porque el fuego puede sobrepasarlas muy rápido. Entonces también cambian las estimaciones que tienen que hacer las brigadas”.

Las características geográficas son otros de los elementos que entran en juego a la hora de enfrentar grandes siniestros. “Estamos en una zona con un relieve accidentado que dificulta la acción de las brigadas terrestres que son las que en definitiva controlan el fuego…los aviones pueden hacer cientos de lanzamientos, pero son las brigadas las que cortan el avance del fuego; pero si hay un terreno accidentado o bosque muy denso, no puede ingresar”.
Por eso, como recalca el investigador, se requiere de franjas liberadas como cortafuegos que tal vez no detengan el fuego por sí mismos, pero que pueden servir como “líneas de anclaje, desde donde se puede entrar a combatirlo, establecer líneas de escape o incluso, si están las condiciones, iniciar un contrafuego para reducir la posibilidad de que el fuego sobrepase esa área”.
Una lucha perdida
A juicio del experto, la lucha contra incendios de gran magnitud está prácticamente perdida, “porque la propagación va más rápido que las capacidades que tenemos para controlarlo”.
Se requieren nuevas estrategias para evitar que los incendios avancen sobre las ciudades dejando consecuencias como las vividas en Penco, Lirquén y Punta de Parra el fin de semana.
El 2019, el Dr. Peña propuso la creación de “Anillos de Aislamiento Urbano” como una medida para proteger las ciudades en las zonas de conexión con bosques o plantaciones, mediante la reducción del combustible en su entorno.
Esto quiere decir que aparte del cortafuego que puede hacer un privado que tiene plantaciones o una empresa forestal, es necesario reducir el combustible alrededor de la ciudad.
Según el académico, contar con cortafuegos de 30 metros bien mantenidos evita que la radiación térmica queme una vivienda, pero se requiere mantener limpios los techos y el entorno inmediato libre de combustible fino, de modo que si cae una pavesa la posibilidad de propagación sea menor.
Cultura del fuego
El académico enfatizó la necesidad de avanzar hacia una cultura de incendios forestales en el país, que implica saber cómo se comporta el fuego en determinadas situaciones, lo que ayuda a tener una mejor de decisión tanto a nivel personal como de organizaciones.
“Por ejemplo, es bueno saber que la ladera sur, el fuego va más rápido, así que hay salir rápidamente; en el lado norte la velocidad es menor y puede dar algo más de tiempo. También se sabe que cuando el fuego baja lo hace a una velocidad tres veces menor que cuando está en el plano”, detalló.
Por otro lado, esa cultura también tiene que expresarse en una actitud responsable de las personas desde su entorno más inmediato y a nivel colectivo. Una organización comunitaria ayuda a la detección temprana y al combate inicial de los incendios, “pero un incendio que avanza a gran velocidad ya no es controlable”, asevero Peña.

También llamó la atención sobre lo que ocurre en zonas rurales con personas que deciden comprar una parcela de agrado, donde el control del pasto es un trabajo permanente.
“Muchos se cansan rápidamente, abandonan las parcelas que se convierten en pastizales y en un riesgo para quienes continúan en el lugar. El que compra una parcela tiene la responsabilidad de mantener el pasto controlado. Lo que yo no hago afecta a mi vecino; si no limpio mi parcela, pongo en riesgo a otros”, señaló.
Son todas medidas y responsabilidades que es necesario considerar a la hora de hacer frente a escenarios de incendios cada vez más extremos.







