Chile es reconocido como uno de los países más sísmicos del mundo y periódicamente experimenta eventos de gran magnitud. volvió a surgir la interrogante sobre si estos fenómenos podrían anteceder a un terremoto de gran magnitud, como los registrados en Illapel (2015) y Maule (2010); sin embargo, y a pesar de que los periodos de recurrencia se cumplen, la ciencia todavía no logra anticiparse con exactitud a estos eventos.
Así lo explicó el académico del Departamento de Geofísica de la Universidad de Concepción, Arturo Belmonte-Pool Villanueva, quien sostiene que, aunque los eventos recientes en Calama y la zona de Quintero se encuentran dentro de los registros estadísticos habituales para una zona de tectónica activa, es un error científico intentar utilizarlos como precursores de un terremoto mayor.
El especialista subraya que la sismología actual enfrenta una barrera fundamental basada en la diferencia entre la comprensión del fenómeno y la capacidad de predicción. Según Belmonte, aunque existen modelos físicos y estadísticos que nos permiten entender que los esfuerzos en las fallas se acumulan y que, eventualmente, deben liberarse —siguiendo periodos de retorno que en la zona centro-sur oscilan entre 80 y 90 años—, la naturaleza de este proceso es un misterio.
“Lo que se ha logrado comprender es básicamente una estructura que vincula lo probabilístico, lo estadístico y la física tras la acumulación y liberación de esfuerzos. Sabemos que los eventos ocurren porque se alcanza un umbral de resistencia máxima, pero al intentar precisar el cuándo, nos enfrentamos a un muro de heterogeneidad que los modelos actuales no logran equiparar por completo”, dijo.
Agregó que “si bien es lógico suponer que en un bloque de 500 por 100 kilómetros, que deslizará 14 metros tras un siglo de carga, ‘están pasando cosas’ —como cambios en la napa freática o emisión de gases tipo radón, que uno puede imaginar como el agua que sale al apretar una esponja—, la realidad es que el fenómeno no es consistente. Esos posibles precursores no se repiten siempre, ni de la misma forma, lo que nos deja ante una incertidumbre que, por ahora, parece inalcanzable para la predicción sistemática”.
Entender lo que no se ve
Las civilizaciones antiguas lograban predecir temporadas de lluvias y otros eventos meteorológicos sólo con observar al cielo y entender algunas variables como el viento y la humedad. Sin embargo, este proceso de observación empírica no sería replicable a los terremotos porque no es posible mirar por debajo de la tierra.
Aunque cada vez existen más y mejor instrumentación para realizar mediciones, Belmonte afirma que es difícil lograr predecir algo cuando no se tienen todas las variables a la vista.
“El problema es que, en gran medida, no tenemos los equipos lo suficientemente cerca de la zona de nucleación, donde se origina la ruptura. Hemos visto indicios como cambios en la napa freática o emisión de gases, pero el fenómeno no es consistente: mientras en China, en el año 75, lograron identificar señales que permitieron evacuar, al año siguiente ocurrió una tragedia sin que esas señales se repitieran. Por eso, hay quienes sostienen que la clave podría estar en acercar nuestra instrumentación a la fosa oceánica para captar lo que hoy permanece como una incógnita”.
Así mismo, hablo del uso de tecnologías masivas, como el GPS, que permiten observar procesos que no son visibles a simple viste.
“Por ejemplo, en lugares como Tubul, detectamos una subsidencia de entre 10 a 15 milímetros por año; el terreno se está hundiendo a una tasa de un centímetro y medio anual sin que nadie lo perciba. Si bien estos datos nos permiten monitorear la deformación a una escala de años o meses, y quizás en el futuro nos ayuden a identificar cuándo entramos en una etapa crítica, la pregunta del millón (predecir el día y la hora exacta del evento) sigue siendo una barrera que, por ahora, no es posible superar”, cerró.







