Los agudos trinos que durante las últimas semanas se escuchan con mayor frecuencia en el Campus Concepción anuncian el regreso de uno de sus visitantes más característicos del invierno. La llegada de poblaciones migratorias de picaflor chico (Sephanoides sephaniodes) convierte nuevamente a los jardines universitarios en un refugio para esta emblemática especie nativa.
Es común verlos en esos días sobrevolar las floridas franjas de Aloe arborecens -suculenta conocida como planta candelabro/pulpo- en aparentes coreografías de juegos acompañados de vocalizaciones, que no son más que disputas por los recursos.
“Son muy territoriales, muy buenos para pelear. Si hay un lugar con muchas flores de buena calidad, es muy probable que haya un picaflor tratando de dominar el área”, comentó el académico del Departamento de Zoología de la Facultad de Ciencias Naturales y Oceanográficas, José Valdebenito Chávez.
El invierno es el punto alto de floración de la planta candelabro, una pariente de la Aloe vera que está presente en varios puntos del Campus y que abunda en áreas aledañas a las cabinas.
Las varas de flores tubulares de intenso color naranja son un festín para el picaflor, cuyo acelerado metabolismo -los troquílidos tienen el más rápido entre los animales de sangre caliente- le demanda consumir hasta a la mitad de su peso corporal en alimento cada día.

La diminuta avecilla suple esa necesidad comiendo pequeños insectos, pero sobre todo mucho néctar, que consigue visitando miles de flores cada jornada.
“Por eso en Chile lo llamamos picaflor. En otros países se conocen como colibríes”, acota el profesor Valdebenito, quien es doctor en Biología y especialista en ornitología.
El jarabe de las flores es fundamental en el suministro de energía para sus constantes desplazamientos, donde destaca su vuelo estacionario. “Es una forma especializada de volar que se relaciona con su forma de alimentación. Para posarse en las flores, desarrollaron el vuelo estático”, detalló el ornitólogo.
Evolución con las flores
El revoloteo y el tipo de alimentación muy específicos de estas aves son rasgos de una evolución en estrecha relación con las flores, que comenzó hace unos 22 millones de años con la llegada de sus ancestros a América, donde tuvieron una exitosa adaptación.
De hecho, son habitantes exclusivos de nuestro continente y, como señala el ornitólogo, son muy valorados por los amantes de las aves a nivel mundial por su característica coloración y exigente vuelo.
Ese vuelo es sostenido por una maquinaria fantástica: el corazón de los troquílidos, en general, late entre mil 200 y mil 260 veces por minutos, mientras que sus alas se mueven entre 80 a 90 veces por segundo

Los picaflores o colibríes pertenecen la familia de los troquilidos (Trochilidae) que abarca más de 300 especies, nueve de las cuales solo viven en nuestro país. Una de ellas Sephanoides sephaniodes.
Las palabras de su nombre provienen de las raíces griegas sephan, de corona o diadema, y oides, que significa «similar a», y juntas se traducen como “parecido a una diadema/corona”. La nominación se debe a una característica específica del macho, que se distingue de la hembra por su coloración rojiza e iridiscente de la cabeza.
Puede medir hasta 11 centímetros (incluida su cola) y llegar a pesar de 5 a 6 gramos, lo que la hace la segunda ave más pequeña del país, luego del picaflor de Arica.
El más austral del mundo
Esta ave nativa de Chile -y también de Argentina- habita en bosques templados, valles y matorrales, así como en jardines urbanos.
Tiene una amplia distribución: vive entre las regiones de Atacama, con Caldera en el límite norte, y Magallanes, donde Cabo Hornos marca el punto más alejado en el que puede encontrarse durante la temporada estival.
Esto lo convierte en el troquílido más austral del mundo.
“La distribución va cambiando durante el año por los movimientos migratorios, porque el picaflor chico es considerado un migrante parcial. Esto quiere decir que hay poblaciones residentes y otras migratorias”, dijo José Valdebenito.

Así, hay poblaciones que se mueven hacia el sur entre primavera y verano, en período reproductivo. Es el momento en que pueden encontrarse en su punto más austral.
“Por eso en el verano ya no se ven muchos picaflores en el Campus. La densidad baja bastante, porque se dispersan”, comentó el especialista.
A partir del invierno, los picaflores comienzan a desplazarse hacia latitudes más bajas huyendo de los fríos australes en busca de refugios en zonas más templadas, en un recorrido en el que la UdeC constituye un punto de llegada en la ruta migratoria de algunos individuos.
De este modo, el Campus actúa como una especie de oasis urbano, donde los picaflores residentes y migrantes encuentran cobijo y alimento en la amplia variedad de árboles y plantas con flores que pueblan los parques y jardines universitarios










