Conectar de manera más efectiva las necesidades de competencias del mundo laboral con la oferta de educación continua es uno de los desafíos para avanzar hacia una formación más pertinente y vinculada con los territorios. En este contexto, profesionales de Formación Permanente de la Universidad de Concepción desarrollaron una investigación publicada recientemente en la revista Polymathia, que propone integrar la formación permanente y la vinculación con el entorno para responder a las transformaciones del mundo laboral y las necesidades locales.
El trabajo corresponde al ensayo académico “Educación continua y vinculación bidireccional con el sector público-productivo: hacia la construcción de un ecosistema integrado para el aprendizaje a lo largo de toda la vida”, elaborado por Claudia Molina Jara, Nataly Cisternas San Martín y Valentina Matus Arratia, en el marco del Proyecto UCO2595 “Formación con sentido territorial: Competencias para el Fortalecimiento Industrial”, iniciativa que se proyecta bajo el nombre Forma Biobío y que busca fortalecer la articulación entre la Universidad de Concepción, el sector público y el sector productivo, promoviendo una formación conectada con las necesidades del territorio.
A partir de una revisión del sistema chileno de educación continua, las autoras identifican una brecha entre la información disponible sobre necesidades de competencias y su incorporación al diseño de la oferta formativa universitaria. Chile cuenta con instrumentos de prospección laboral que generan evidencia sobre requerimientos de capacitación y brechas de competencias, sin embargo, estos funcionan de manera fragmentada y no existe un mecanismo estable que permita conectar sus resultados con los procesos de diseño de programas de educación continua.
Desde esta perspectiva, el ensayo propone avanzar hacia una relación bidireccional entre las instituciones de educación superior y su entorno. La propuesta considera que la universidad no sólo debe recoger información sobre las necesidades externas, sino también generar retroalimentación y conocimiento a partir de los procesos formativos, fortaleciendo la relación con organizaciones, instituciones y actores del sector público-productivo.
Claudia Molina, una de las autoras del estudio, plantea que esta mirada permite ampliar el papel que puede desempeñar la educación continua dentro de las instituciones de educación superior.
“La educación continua no debería ser solamente el lugar al que acudimos cuando aparece una necesidad de capacitación. También puede convertirse en un espacio donde la universidad escucha, aprende de su entorno y, a partir de ese diálogo, construye respuestas que aporten al desarrollo de las personas y de los territorios”, señaló.
En términos metodológicos, Nataly Cisternas destacó que el desafío no está únicamente en disponer de información, sino en contar con mecanismos que permitan convertirla en conocimiento útil para la toma de decisiones. “Uno de los desafíos que identificamos es que existe mucha información sobre las necesidades de competencias, pero esta se encuentra dispersa entre distintos instrumentos y actores. Por eso, necesitamos avanzar hacia una metodología que permita recoger esa evidencia, interpretarla y transformarla en decisiones formativas, de manera que las universidades puedan responder con mayor oportunidad y pertinencia a su entorno”, declaró.

Bajo el enfoque de aprendizaje a lo largo de toda la vida promovido por la UNESCO, las experiencias formativas se entienden como parte de trayectorias que atraviesan distintas etapas y espacios, entre ellos la educación formal, el trabajo y la comunidad. Esta perspectiva permite comprender la educación continua como un proceso que trasciende la respuesta a necesidades puntuales y acompaña las distintas etapas de aprendizaje de las personas.
Entre las condiciones propuestas para avanzar hacia este modelo se encuentran una metodología compartida de vinculación bidireccional, una mayor integración de los sistemas de prospección laboral con el diseño de programas universitarios y la actualización de los criterios de aseguramiento de la calidad. De acuerdo con el ensayo, estas medidas permitirían comparar experiencias, fortalecer prácticas y generar conocimiento que pueda ser aprovechado por el sistema universitario en su conjunto.
En este escenario, Valentina Matus destacó que esta perspectiva permite proyectar la educación continua más allá de las necesidades inmediatas de formación. “Cuando somos capaces de escuchar de manera sistemática lo que ocurre en nuestro entorno y transformar esa información en oportunidades de aprendizaje, la educación continua adquiere una dimensión estratégica. Ya no se trata solamente de formar para responder a una necesidad puntual, sino de contribuir a trayectorias de aprendizaje que acompañen a las personas y aporten al desarrollo de sus territorios”, explicó.
Finalmente, el artículo sostiene que avanzar hacia un ecosistema de aprendizaje a lo largo de toda la vida requiere superar respuestas institucionales aisladas y fortalecer la coordinación entre universidades, organismos públicos y actores del sector productivo.









