La Asamblea General de la ONU votó, con 164 votos a favor y solo Estados Unidos en contra, dejar de recomendar Mercator y promover Equal Earth. El titular que circuló fue casi siempre el mismo: “así se ve el mundo sin la distorsión que achicaba a África”. Cierto, pero incompleto: se le escapa la mitad de la historia, literalmente la que es agua.
Mercator diseñó su mapa en 1569 para que los marinos trazaran rumbos rectos, sacrificando el tamaño relativo de las cosas: cuanto más cerca de los polos, más se infla la superficie. Por eso Groenlandia parece del tamaño de África, aunque esta la contiene catorce veces. Ese sesgo se discute mucho; casi nadie pregunta qué le pasa al océano.
El planeta es 71% agua y 29% tierra, un dato que todos hemos oído sin que cambie cómo vemos el mundo. Al recortar Mercator en sus límites habituales (±85°, el estándar de Google Maps), esa proporción se comprime hasta 56% océano y 44% tierra. El agua pierde de un plumazo unos quince puntos de peso visual.
La distorsión no distingue tierra de mar, depende solo de la latitud: el Ártico se infla igual que Groenlandia o Rusia. Pero buena parte del océano —Pacífico ecuatorial, Índico, Atlántico— está en latitudes donde Mercator casi no exagera nada. Y el Océano Austral, ese anillo colosal que rodea la Antártida, simplemente desaparece cortado en el margen. Un mapa pensado para navegar terminó regalándole protagonismo a la tierra del norte y restándoselo, en silencio, a lo que realmente domina el planeta.
Ocho décadas antes de esa votación, el oceanógrafo Athelstan Spilhaus se hizo la pregunta al revés: ¿y si dibujáramos el mundo desde el mar? Su respuesta fue una proyección centrada en la Antártida donde el Pacífico, el Atlántico y el Índico se funden en una sola masa continua, y los continentes quedan como fragmentos en el margen. Si el 70% del planeta es agua, razonaba, tiene más sentido representar ese continuo oceánico que centrar el mapa en el 30% de tierra emergida. Su proyección nunca reemplazó a Mercator, pero anticipó una pregunta que hoy vuelve con fuerza institucional.
Un mapa no es un dato neutro: es un argumento visual que, repetido por siglos, deja de leerse como argumento y se siente como hecho. Nadie decidió creer que el océano es “menos” que la tierra; heredamos esa idea de un cartógrafo resolviendo un problema de navegación a vela. Que la ONU mueva la aguja hacia Equal Earth es un gesto simbólico importante, aunque no vinculante. Pero la pregunta de fondo va más allá de qué país se ve más grande: por qué, llamando a este planeta “Tierra”, seguimos dibujando mapas que minimizan al océano que lo gobierna todo. Spilhaus lo vio hace ochenta años; quizás sea hora de que el resto lo veamos también.
Es justamente el tipo de sesgo silencioso que desde el Grupo de Trabajo en Cultura Oceánica (GT COCEAN) del Comité Oceanográfico Nacional (CONA) buscamos corregir, promoviendo una relación distinta entre las personas y el océano: desde la construcción de una estrategia nacional en Cultura Oceánica hasta el trabajo directo con el ámbito educativo, ya sea a través de la instalación del programa de Escuelas Azules de la COI-UNESCO en Chile o aportando a la educación parvularia con una guía con recomendaciones pedagógicas. Cambiar el mapa que heredamos, literal y mental, empieza ahí.

Paúl Gómez-Canchong
Coordinador de Divulgación y Educación Científica del Centro COPAS Coastal de la Universidad de Concepción
Presidente del Grupo de Trabajo en Cultura Oceánica (GT COCEAN) del Comité Oceanográfico Nacional (CONA)









