En el reciente lanzamiento del podcast de Vinculación con el Medio de la Fundación AEQUALIS, Pilar Majmud recordó una experiencia en una feria productiva. Tras varios días asesorando a microempresarios, un estudiante de Ingeniería en Administración le pidió no tener que marcharse, pues recién allí había comprendido que lo aprendido podía resolver un problema concreto de otra persona.
La escena sintetiza aquello que promete la docencia vinculada y que difícilmente puede reproducirse en una sala de clases. Pero también revela una debilidad: en las universidades tradicionales, estas experiencias siguen dependiendo en gran medida de la voluntad individual del cuerpo docente.
Durante más de una década, la educación superior chilena ha incorporado la vinculación con el medio a su arquitectura institucional. Hoy abundan las políticas, los modelos, las unidades y los sistemas de registro. Lo menos desarrollado es su integración efectiva entre la docencia y la investigación, la evaluación académica y la organización cotidiana del trabajo universitario.
Suele afirmarse que el principal obstáculo es la cultura organizacional; sin desconocer su importancia, el problema parece más preciso, existe un desacoplamiento entre el mandato institucional y las reglas que orientan la conducta académica. Las universidades declaran que la vinculación es una función misional, pero continúan jerarquizando, distribuyendo horas y otorgando reconocimiento según criterios centrados en la productividad científica y en las horas de docencia.
La pregunta natural que surge es: ¿qué reconocimiento obtengo por desarrollar una asignatura con trabajo territorial, coordinación de contrapartes y evaluación conjunta? Que, en muchos casos, recibe las mismas horas de quien imparte una clase convencional, aunque asuma una carga adicional de gestión y seguimiento. Además, los sistemas institucionales contabilizan actividades, convenios y participantes, pero no necesariamente valoran la contribución producida en el territorio.
Atribuir este rezago a una supuesta resistencia cultural puede atribuir al profesorado una responsabilidad que corresponde al diseño institucional. Quienes concentran su tiempo en publicaciones indexadas no necesariamente rechazan la vinculación: responden racionalmente a aquello que sus universidades reconocen, financian y premian.
La solución no exige esperar un cambio cultural previo. Requiere tres decisiones: incorporar la vinculación con el medio a los reglamentos de evaluación y jerarquización, con ponderaciones y evidencias claras; reconocer en la carga académica el costo real de la docencia vinculada; y avanzar desde el registro de actividades hasta la medición de su contribución interna y externa.
Hasta mayo de este año dirigí la Dirección de Vinculación Social de la Universidad de Concepción. Desde esa experiencia aprendí que el entusiasmo de los equipos no suele agotarse en las convicciones, sino en la planilla donde se cuentan las horas y en el reglamento donde se cuentan los méritos. Allí debe comenzar el cambio.

Dr. Jaime Contreras Álvarez
Profesor Asociado, Departamento de Administración Pública y Ciencia Política, Universidad de Concepción.
Integrante del Comité de Vinculación con el Medio de la Fundación AEQUALIS









