Las calles anegadas y los vehículos arrastrados en la Región Metropolitana parecen imágenes de un invierno extremo. Sin embargo, ocurrieron en pleno octubre, durante la primavera. El aluvión del día 8 y la tormenta con granizo e inundaciones del día 13 nos obligan a preguntarnos si nuestras ciudades están preparadas para un clima cada vez más desafiante.
Los datos muestran lo excepcional del episodio. Según el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), durante los primeros nueve días de octubre, la estación Quinta Normal (Santiago) acumuló más de 90 milímetros de lluvia, cifra superada en el mismo mes solo por los 102 mm registrados en 1930.
Sin embargo, reducir el análisis a «la culpa es del cambio climático» sería una simplificación cómoda. El propio CR2 advierte sobre la convergencia de un episodio extraordinario de El Niño y otras dinámicas atmosféricas persistentes. La influencia del calentamiento global está presente, pero la ciencia exige rigor antes de atribuirle la culpa por cada evento individual.
La realidad del Chile central, sin embargo, es paradójica: convivimos con una megasequía estructural interrumpida por pulsos de precipitación extrema. Años de aridez no eximen el riesgo de aluviones o inundaciones repentinas. Como señala el IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático), la variabilidad ahora es lo normal. Por eso, la pregunta urgente ya no es cuándo volverá a llover así, sino a quiénes afecta con más fuerza cuando ocurre.
Cuando la gestión urbana posterga el debate climático, la cuenta no se divide por igual. Las poblaciones más vulnerables pagan un precio mayor. Aquellas atrapadas en la precariedad habitacional, en laderas y cabeceras de cuencas o en sectores sin infraestructura adecuada de drenaje. Adaptarse no es un lujo teórico, es actualizar el diseño hidráulico, restaurar cauces de ríos, considerar el efecto de los incendios forestales en la escorrentía y, sobre todo, entender que la prevención es la única barrera entre un evento extremo y una tragedia.
La realidad ya se impuso. Adaptar nuestras ciudades, invertir en infraestructura resiliente y planificar el territorio con criterio ético y técnico no son elecciones políticas para el futuro, son la única forma de garantizar que el próximo evento extremo no se transforme, una vez más, en un desastre anunciado sobre la vida de las personas.
Columnista

Yellinson de Moura Almeida
Académico del Departamento de Ciencias Geodésicas y Geomática, Universidad de Concepción, Campus Los Ángeles









