Ante los efectos del cambio climático, que provocan eventos intensos con mayor frecuencia, se ha enfatizado la importancia de aprender de la naturaleza. Este fenómeno atmosférico ha recordado a los asentamientos humanos, tanto urbanos como rurales, que los cauces inactivos durante siete años o más pueden cobrar fuerza, que las quebradas secas actúan como canalizadores de agua, y que diversas infraestructuras inadecuadas pueden ser arrastradas por el agua.
Durante el verano, la sequía y el calor extremo, exacerbados por incendios forestales, han tensionado la ubicación de predios forestales colindantes a zonas residenciales, generando cuestionamientos sobre prácticas agrícolas y forestales que sobreexplotan y degradan el suelo en comparación con métodos más sostenibles.
La falta de soluciones habitacionales ha llevado a comunidades enteras a construir asentamientos irregulares en zonas de alto riesgo cercanas a los centros urbanos donde desarrollan su vida cotidiana. Para abordar esta complejidad, es esencial considerar las tensiones de la planificación urbana del uso del suelo, llevándola al interior de las construcciones. La preparación de casas y departamentos debe contemplar que estos espacios sirvan como refugio ante climas extremos que serán cada vez más comunes.
Incorporar este aprendizaje en el diseño interior de las edificaciones implica plantear preguntas sobre el aislamiento térmico para soportar el calor, la eficiencia energética para calefacción, el control de la humedad mediante una mejor ventilación y la orientación solar. En el caso de edificios de departamentos, es crucial considerar la sostenibilidad comunitaria. Esta sostenibilidad consiste en crear espacios privados junto a áreas comunes adecuadas para labores que son más eficientes de realizar colectivamente, como lavanderías, secaderos de ropa, reservorios de agua potable y sistemas de refrigeración de alimentos, así como calefacción y enfriamiento con independencia energética, al menos por algunos días en caso de fallos en los suministros públicos.
Contar con un espacio común para estas necesidades en momentos de estrés climático es fundamental, ya que también mejora la habitabilidad cotidiana. Un edificio que disponga de un área ventilada y techada para secar ropa al aire no solo alivia la necesidad de tener secadoras en cada departamento, sino que también reduce el consumo energético y disminuye la acumulación de humedad en el interior de las unidades. Para las familias, estas necesidades son más prioritarias que contar con un quincho, una sala de estar o un café de trabajo.
Estas precauciones en la construcción urbana de múltiples unidades pueden resultar en una disminución del costo de vida, menor estrés psicosocial y climático, y una mejor salud. Un mejor sistema de ventilación, menos humedad y un adecuado aislamiento térmico están vinculados a menos crisis respiratorias, menos brotes alérgicos y cardiovasculares, y una mejor regulación de la presión arterial. En general, esto contribuiría a una mejora en la calidad de vida de las personas, que debería estar en el centro de cualquier planificación comunitaria, junto con la necesidad de seguros catastróficos, cuestionándonos cómo están preparadas estas propiedades para enfrentar eventos climáticos adversos.
Columnistas

Patricia Huerta S.
Epidemióloga
Profesora Asociada Departamento Salud Pública
Facultad de Medicina UdeC

María Isabel Rivera B.
Arquitecta
Profesora Asociada Cedeus y Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía UdeC









