Las quebradas pueden permanecer décadas sin transportar grandes flujos de agua y sedimentos, pero eso no significa que hayan perdido su función como cauces naturales. El aluvión registrado en Las Condes, en la Región Metropolitana, pone de relieve los riesgos de ocupar estos espacios y la importancia de considerar la topografía, las condiciones del suelo y las precipitaciones en la planificación territorial.
Uno de los factores que ha surgido en el debate público es el efecto de los incendios sobre la capacidad absorbente del suelo, cuya falta de impermeabilización sería el escenario perfecto para la acción devastadora del agua, que arrastró todo a su paso de la mano de las intensas e inusuales precipitaciones que se dejaron sentir en el lado oriente de la capital.
El académico del Departamento de Silvicultura de la Universidad de Concepción, Eduardo Peña Fernández, descartó esta teoría, al afirmar que “a pesar de que la zona quemada puede explicar una parte pequeña del aluvión, dentro de la magnitud del evento su efecto es marginal”.
En la explicación técnica, el profesional mencionó que en la mencionada zona afectada, la cubierta de pasto y arbustos es muy escasa. Dicha cubierta podría interceptar en su follaje entre un 5 a 7% del agua precipitada y no más allá de un 10%.
“Para facilitar la comprensión de esto, se debe considerar que un bosque denso o una plantación de pino puede interceptar entre 30 a 35% del agua que precipita (el follaje de los pinos es alrededor de 5 a 10 veces la cubierta vegetal de los cerros de las Condes). Como el incendio (que afectó aproximadamente a 800 hectáreas) es menor que la cuenca en su totalidad, al agua que escurrió por las calles se le debe quitar menos de un 7%, por lo tanto, la zona quemada tiene menos influencia”, sostuvo. Explicado de otra forma, si no se hubiese quemado no habría tenido mayor efecto en evitar el aluvión.
Precipitaciones intensas y arrastre de sedimentos
El experto en Ecología del fuego, detalló que las causas principales en este evento se explican porque la cota cero estaba más alta que lo habitual (hasta 2.800 m), “pero lo más importante es la intensidad de la precipitación, que en este caso fue 10 mm en media hora (en otras palabras, 100 toneladas de agua por hectárea de terreno); a este importante nivel de agua se sumó la que aportó la zona donde en otros eventos quedaba retenida como nieve”.
Este alto volumen de agua no logra infiltrar al suelo, escurriendo superficialmente la mayor parte de ella, que al combinarse con tierra genera una masa líquida de mayor densidad que puede trasportar fácilmente piedras de gran volumen, con mayor razón un vehículo que tiende a flotar.
La docente de Geografía de la Universidad de Concepción, Ianire Galilea Salvador coincide en que las precipitaciones son parte central de la explicación, aunque advierte que deben analizarse junto con otros elementos. A su juicio, el fenómeno responde a la interacción de tres dimensiones: hidrometeorológico, edáfico del suelo y topográfico.
«Lo que está ocurriendo es un fenómeno natural, que es la reactivación de las quebradas, que aunque no vengan con agua de forma constante, no dejan de ser cauces», señaló y agregó que «con el contexto del cambio climático, y también con estos períodos tan recurrentes de El Niño o La Niña, los efectos son mucho más potentes, pues esos períodos de recurrencia en que ocurran estos aluviones van a ser más frecuentes».
La reactivación de quebradas y la ocupación del territorio
Más allá de las condiciones meteorológicas, el aluvión pone de relieve la importancia de reconocer la función natural de las quebradas. Aunque estos cauces permanezcan largos períodos sin transportar grandes cantidades de agua, pueden reactivarse cuando las condiciones de precipitación lo permiten.
«La gente ha estado construyendo en las zonas de quebrada simplemente porque observaban que durante mucho tiempo, 50 años, por ejemplo, no ocurría nada. Se sabe que era un cauce, pero consideraban que era un cauce seco, de manera que simplemente la gente ha ido ocupando un espacio que le corresponde a una quebrada», recalcó Galilea.
En este contexto, la planificación territorial e identificación de estos espacios es relevante para orientar decisiones sobre construcción, infraestructura y gestión del riesgo. Peña reconoce que, en esta oportunidad, no es fácil, porque todos los sistemas de evacuación de aguas fueron diseñados años atrás, cuando los eventos de lluvia eran de menor intensidad, pero prolongados en el tiempo.
Por ello, “hay que volver a rediseñar estos sistemas de evacuación, se debe incrementar la cubierta vegetal, también se debe incrementar la protección del suelo aplicando desechos orgánicos que mejoren la capacidad de intercepción del suelo y además eviten el golpe directo de la gota de lluvia, porque es ella la que disgrega el suelo y facilita su escurrimiento. También hay que considerar grandes piscinas de decantación, tal como las que se aplicaron en la quebrada de Macul hace algunos años”, cerró.









