Las precipitaciones tardías registradas durante este año podrían tener un efecto favorable sobre algunos glaciares chilenos, siempre que las bajas temperaturas permitan que parte de esa agua se acumule como nieve y sobreviva al verano.
La extensión de las precipitaciones hacia meses inusuales, en un escenario marcado por la presencia de lo que algunos medios han llamado “El Niño Godzilla”, podría favorecer la acumulación de nieve en las zonas cordilleranas. Sin embargo, el eventual aporte a los glaciares solo podrá evaluarse al término de la temporada estival, entre marzo y abril de 2027, cuando sea posible determinar cuánta de esa nieve logró permanecer y cuánta se fundió.
Así lo explica la profesora asistente del Departamento de Geofísica de la Universidad de Concepción, Ilaria Tabone. De acuerdo con la académica, la tardanza en la aparición de este fenómeno y la llegada de precipitaciones sólidas durante el invierno abren la posibilidad de que parte de esa nieve permanezca acumulada en las zonas cordilleranas.
“Puede ser útil de alguna forma, porque toda esa nieve que se acumula en poco tiempo, si es que no se funde por el alza de las temperaturas, puede ser algo muy positivo para los glaciares”, señaló. El efecto varía según la latitud: El Niño suele traer más precipitación a Chile central, mientras que en Patagonia su influencia es más débil. Además, un año eventualmente favorable no revierte la tendencia de pérdida de hielo de las últimas décadas.
Por ende, consultada sobre el riesgo de inundaciones también tardías, la profesora destacó que hay que ver dónde está la isoterma 0, “es decir, la altitud a la que la temperatura del aire es de 0°C, y cerca de la cual la precipitación pasa de ser líquida a sólida, en forma de nieve.»
La especialista explicó que para tener una idea sobre el aporte de agua que vamos a tener en los caudales a lo largo de la temporada primaveral o estival, no es solamente cuánta, sino también el tipo de precipitación que tenemos.

La nieve funciona como un almacenamiento: guarda el agua y la va liberando de a poco durante la primavera y el verano. La lluvia, en cambio, llega de inmediato a los ríos. Por eso, las tormentas cálidas, con la isoterma 0 alta, son las más riesgosas: llueve en una porción mayor de la cuenca e incluso sobre nieve ya acumulada, lo que puede derretirla.
Sobre lo anterior, Tabone pone como ejemplo el pronóstico que existe para la zona centro-norte, que es de precipitación primaveral debido a la fuerza de El Niño. “Si llueve sobre un manto de nieve importante acumulado en las semanas anteriores, se puede producir un aumento brusco de los caudales”, recalcó.
Un escenario marcado por la variabilidad
La investigadora explicó que El Niño no es un fenómeno en sí, sino que es una variabilidad climática originado en el Pacifico tropical y que influye sobre el clima de nuestro país. “Tiene duraciones de varios meses, casi un año, y a veces más”.
En el caso del Biobío, lo importante de destacar, afirmó la académica, es que la climatología de la región tiene dos factores determinantes: una climatología a largo plazo, que muestra una tendencia de aumento de temperatura, siguiendo la tendencia global por el cambio climático que estamos viviendo; pero a eso se superpone una modulación de la variabilidad climática, que es en esa zona relacionada a los eventos de El Niño.
“Estos dos componentes grandes que se entrelazan entre ellas hacen más difícil una predicción para nuestra zona”, cerró la profesora de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas.









