La memoria de Presencia de América Latina también se escribe desde quienes la hicieron posible


La reciente partida del muralista Juan Manuel Guillén invita a relevar el trabajo colectivo que dio origen a uno de los principales símbolos patrimoniales de la Universidad de Concepción.

Las obras de arte poseen una manera singular de desafiar al tiempo. Parecen permanecer inmóviles, mientras quienes los crearon y ejecutaron continúan sus vidas y escriben sus propias historias. A veces transcurren décadas antes de que volvamos la mirada hacia quienes concibieron su relato, mezclaron sus colores, trazaron sus formas o compartieron los andamios que les dieron vida. Sesenta años después, la partida de Juan Manuel Guillén nos recuerda que el mural Presencia de América Latina no sólo es la historia de una obra excepcional, sino también la de quienes permanecen en ella.

Al hablar de esta monumental obra instalada en el hall de la Casa del Arte José Clemente Orozco, de la Universidad de Concepción, solemos recordar el nombre de Jorge González Camarena (1908-1980), su autor. Menos conocido es el grupo de artistas mexicanos y chilenos que trabajó durante cinco meses en su ejecución: Albino Echeverría (1929) y Eugenio Brito (1928-1984) por Chile, y Javier Arévalo (1937-2020), Salvador Almaraz (1930-2022) y Juan Manuel Guillén (1941-2026), por México.

La reciente muerte de Guillén, el pasado 14 de junio, a los 100 años y con una trayectoria de más de ocho décadas dedicadas al arte, nos vuelve a recordar que el mural Presencia de América Latina es también la memoria de quienes lo hicieron posible.

La directora de Pinacoteca, Valeria Murgas López, lamentó la partida de Manuel Guillén. “El mural no solo es uno de los grandes emblemas de nuestra Universidad, sino también el reflejo de un profundo acto de solidaridad y trabajo colectivo. Desde Pinacoteca, reconocemos que el valor de esta obra monumental radica en la rigurosidad técnica y el oficio de sus realizadores. El compromiso del maestro Manuel Guillén con la materia y su maestría técnica quedarán grabados para siempre en el patrimonio que hoy nos toca custodiar.»

Una obra que sigue construyendo memoria

Conocida es la historia del gesto de solidaridad del Gobierno de México hacia el pueblo chileno que permitió la construcción de la Casa del Arte, levantada sobre lo que hasta entonces era la Escuela Dental, junto a la realización de un gran mural que tuviera como tema central la unión y fraternidad de los pueblos americanos.

Esa noviembre de 1964 confluyeron en Concepción cuatro artistas mexicanos y dos chilenos pertenecientes a generaciones distintas y quienes después siguieron caminos muy diferentes durante los siguientes sesenta años.

Los dos artistas chilenos se mantuvieron en Concepción, presentes en el devenir de la escena plástica local, mientras González, Almaraz, Guillén y Arévalo regresaron a México y siguieron colaborando en la consolidación, permanencia y diversificación del muralismo, los tres primeros, y la experimentación pictórica, en el caso del último.

Sin embargo, en Concepción ocurrió además algo que ninguno de ellos probablemente imaginó: el mural, lejos de mantenerse inmóvil adquirió vida propia en su interacción con el público y también en su transformación en uno de los principales símbolos de la Universidad y de la ciudad, así como en ícono del patrimonio latinoamericano.

Una obra como esta Presencia de América Latina tiene la particularidad de sobrevivir a sus creadores y, de alguna manera, continuar construyéndose en su relación con quienes le visitan y quienes le refieren en su discurso latinoamericanista. Pero, también, su biografía personal se fortalece en la memoria de cada una de las personas que le pensaron, crearon y legaron al patrimonio local y nacional.