La fascinación por los monstruos ha acompañado a la humanidad durante siglos, adoptando nuevas formas que reflejan las preocupaciones de cada tiempo. Cada Halloween los vampiros, fantasmas, hombres lobos, zombies y otras entidades regresan a poblar las calles, vitrinas y pantallas.
Aunque las formas de los monstruos han cambiado con el tiempo en los relatos, leyendas y expresiones artísticas, su función de ayudarnos a enfrentar aquello que escapa de nuestro entendimiento parece mantenerse vigente.
Para la académica del Departamento de Filosofía de la Universidad de Concepción, Camila Riquelme Fierro, los monstruos surgen desde la necesidad humana de comprender materias abstractas.
«Explican la muerte, la ira, el miedo, la desesperanza. Con los monstruos le damos forma a aquello que es difícil figurar. Toman una forma física, a menudo desagradable, para explicar emociones de manera que podamos entenderlas más gráficamente», indicó.
Aunque no existan en la realidad, los monstruos en sus distintas expresiones han sido objeto de estudio para la academia. El catedrático estadounidense Jeffrey Jerome Cohen, de la Universidad Estatal de Arizona, propone en su ensayo Monster Culture (Seven Theses) una guía para el entendimiento de momentos culturales a través de las representaciones monstruosas que generan.
Precisamente su primera tesis, El cuerpo del monstruo es un cuerpo cultural, postula que estas figuras son la encarnación de los temores de la sociedad en tiempos y lugares específicos, actuando como una proyección.
Camila Riquelme concuerda en que estas criaturas son un vehículo de elementos que comparten la comunidad, ejemplificando con los monstruos de la escritora argentina Mariana Enríquez, destacada exponente de la literatura de terror contemporánea:
«No son monstruos ajenos a nuestra cultura, sino que reflejan el miedo o rechazo a cosas propias de Latinoamérica, como las violaciones a los derechos humanos, femicidios, drogas y pobreza», afirmó la docente de la Facultad de Humanidades y Arte.
Desde criaturas imposibles a las amenazas cotidianas
La historia de los monstruos avanza en paralelo con los temores humanos. Los antiguos híbridos entre personas y animales, dragones o bestias marinas encarnaron peligros de un mundo aún desconocido. La modernidad trajo figuras como Frankenstein o Mr. Hyde, ligadas a los límites de la ciencia y la pérdida del alma. Más tarde, el horror cósmico de autores como H.P. Lovecraft expresa la angustia de la pequeñez humana ante el cosmos infinito. Hoy, los monstruos transitan en figuras ligadas a la tecnología y anomalías imposibles de erradicar, como la propuesta del proyecto narrativo colectivo Fundación SCP.
El académico de la carrera de Teatro y director de la compañía Teatro del Terror, Javier Ibarra Letelier, estima que la ambigüedad es una de las características del monstruo actual.
«El monstruo contemporáneo tiende a ser más ambiguo y muchas veces cuesta incluso localizarlo. Puede estar en un cuerpo, en una tecnología, en una institución o en nosotros mismos», sostuvo.
A diferencia de un monstruo propio de la ficción, una figura “casi humana” aprovecha la cercanía para instalar un elemento de extrañeza e inestabilidad.
«El monstruo produce temor porque no sabemos del todo qué es. En cambio, cuando el miedo viene de una persona común aparece algo quizá más inquietante, porque la violencia deja de estar fuera de nosotros y entra en un terreno reconocible. Ahí el terror se vuelve más próximo. Ya no depende de una criatura extraordinaria, sino de descubrir que lo monstruoso también puede existir dentro de lo cotidiano», indicó el docente.
Experiencia humana
Independiente de la apariencia o la época, el monstruo parece cumplir de manera sostenida la función de explorar lo que escapa a la comprensión.
En este punto, la académica Camila Riquelme manifiesta que las figuras del terror y lo extraordinario reflejan el esfuerzo creativo para tender puentes hacia las experiencias emocionales complejas.
«Las figuras del terror o lo extraordinario nos muestran emociones que muchas veces se consideran negativas, pero no lo son. Ninguna emoción es negativa en sí misma, claro. Pero experimentar la curiosidad, el misterio, la desesperación o angustia a través de una pantalla, muchas veces nos hace entender mejor estas emociones en nosotros mismos».
En las artes escénicas también se enfrenta la labor de dar forma a lo difícil de explicar. El académico Javier Ibarra señala que la experiencia del monstruo en el teatro adquiere una dimensión particular, ya que el público presencia en el momento la contradicción de lo que entendemos como posible.
«El monstruo está frente al espectador y comparte con él un mismo tiempo y un mismo espacio. Por eso puede construirse desde el cuerpo, la voz, la luz, el sonido o la tecnología. A veces una presencia monstruosa no necesita una gran caracterización», cerró.









