Las imágenes del mar avanzando sobre sectores poblados de Penco, Lirquén, Llico y otras localidades del Biobío durante el reciente sistema frontal generaron preocupación entre la ciudadanía y reavivaron el recuerdo del terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010.
La académica de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía (FAUG) de la Universidad de Concepción, María José Herrera Ossandón, explicó que el comportamiento observado en las costas del Biobío reúne las características propias de un meteotsunami, fenómeno que difiere de las marejadas tradicionales tanto por su origen como por su duración.
«El fenómeno que presenciamos en las costas de la Región del Biobío cumple con las características de un meteotsunami. Las olas se proyectaron hacia las zonas costeras y los habitantes de Penco y Lirquén llegaron incluso a comparar el ingreso del mar a sus viviendas con lo ocurrido durante el terremoto de 2010, lo que refuerza la asociación de este evento con un meteotsunami», detalló la geógrafa.
Más que una marejada
Uno de los principales aportes de la explicación entregada por la académica ha sido diferenciar un meteotsunami de las marejadas que habitualmente afectan al litoral chileno.
Según explica Herrera, mientras las marejadas pueden mantenerse durante varios días, los meteotsunamis corresponden a eventos de corta duración —entre cinco minutos y dos horas— originados por cambios bruscos en la presión atmosférica y fuertes ráfagas de viento asociadas al desplazamiento de sistemas frontales.
«Los meteotsunamis son fenómenos locales que generan un aumento del nivel del mar producto de variaciones en la presión atmosférica y rachas de viento. Pueden generar olas superiores a cinco metros e incluso alcanzar los diez metros», explicó.
La académica UdeC agregó que «los meteotsunamis siguen las trayectorias de los sistemas frontales. Pueden comenzar mar adentro y avanzar hacia la costa conforme se desplaza la tormenta, afectando distintas localidades en su recorrido.»
Comprender estas diferencias resulta fundamental para interpretar adecuadamente los eventos que afectan al borde costero y evitar que todos sean catalogados bajo una misma denominación.
Llamar a los fenómenos por su nombre
Para la especialista, uno de los desafíos actuales consiste precisamente en reconocer este tipo de eventos de manera correcta. «Más que decir que estos fenómenos serán más frecuentes, hoy podemos identificarlos correctamente. Muchas veces utilizamos definiciones como marejadas anómalas, pero es importante reconocer cuándo estamos frente a un meteotsunami”, dijo.
La académica agregó que este reconocimiento también abre nuevas posibilidades para fortalecer los sistemas de monitoreo y las alertas tempranas, incorporando información meteorológica y oceanográfica que permita anticipar escenarios de riesgo para las comunidades costeras.
Asimismo, enfatizó que Chile reúne condiciones que lo hacen especialmente vulnerable a los efectos del cambio climático, particularmente en las zonas costeras de baja altitud, donde la ocurrencia de eventos extremos exige avanzar hacia una planificación más preventiva.
La planificación territorial como herramienta para reducir el riesgo
Los efectos del reciente sistema frontal también evidenciaron la necesidad de fortalecer la gestión del riesgo desde el territorio.
Para la académica Manon Pommiez Aqueveque, académica de la FAUG y directora del Magíster en Gestión y Arquitectura Resiliente para la Reducción del Riesgo de Desastres (MAGAR), las emergencias no pueden analizarse únicamente desde la perspectiva meteorológica.
«Lo que estamos viendo es el resultado de habitar territorios expuestos sin la planificación adecuada. Los eventos extremos van a seguir ocurriendo. Por eso insistimos en que la reducción del riesgo se hace antes, no durante la emergencia», detalló.

La académica plantea tres prioridades para enfrentar escenarios como el vivido recientemente: incorporar los mapas de riesgo a la planificación territorial, fortalecer la infraestructura resiliente —incluyendo cauces, sistemas de evacuación de aguas lluvias y redes eléctricas— y consolidar una gestión coordinada entre instituciones y comunidades que fortalezca la prevención y la autoprotección.
Aprender de la naturaleza para planificar mejores ciudades
Desde el urbanismo, Paulina Espinosa Rojas, académica del Departamento de Urbanismo y directora del Magíster en Procesos Urbanos Sostenibles (MAPRUS), sostiene que el reciente sistema frontal también dejó en evidencia la necesidad de incorporar los sistemas naturales como parte de la planificación urbana.
«Nuestro paisaje debe ser reconocido como una infraestructura fundamental para la adaptación. Humedales, riberas, quebradas, bosques y suelos permeables permiten almacenar, conducir e infiltrar el agua, disminuyendo la presión sobre los sistemas de drenaje».
La especialista agregó que variables como el viento, el diseño urbano, la localización de nuevas edificaciones, el arbolado y la infraestructura crítica deben incorporarse de manera permanente en los instrumentos de planificación.
«No basta con responder a cada emergencia. Necesitamos una planificación preventiva, multiescalar y basada en los sistemas naturales, capaz de anticipar riesgos y reducir estructuralmente la vulnerabilidad de nuestras ciudades y comunidades”, cerró.









